
Con
independencia de las negativas repercusiones en el servicio público —dada la
incompetencia y falta de idoneidad de los gestores—, esto es uno de los mayores
signos de corrupción de nuestro tiempo pues representa un comportamiento
insoportable en sociedades supuestamente democráticas. El clientelismo y el
favoritismo, más el nepotismo como una de sus variantes, transgrede los
principios básicos de moralidad pública, dejando en papel mojado uno de los pilares
de la democracia como es la igualdad. Con razón decía Ángel Ganivet, precursor
de la Generación del 98, con su clarividente ironía que los españoles «no
podemos ser demócratas, porque queremos demasiado a nuestra familia».
Evidentemente, esto no es nuevo en nuestra historia. Es una perversa herencia
que nos sitúa en tiempos del Antiguo Régimen o en los más oscuros de la
mismísima Edad Media, donde los favoritos y privados eran auténticos
protagonistas de la vida pública.
En esta última época es
bien conocido el caso de Álvaro de Luna, valido de Juan II y auténtico rey de
Castilla hasta que perdió el favor del soberano. Pero el esperpento llegaría en
el reinado de Enrique IV donde la privanza, en la que el rey depositaba afecto
y confianza, estaba ligada al atractivo físico y al arrojo y destreza hípica.
Poco importaba la formación o la nobleza —que era un rango importante en
aquella época—; bastaba la habilidad para llegar a la cercanía del rey y caerle
bien. A este reinado pertenecen las luchas entre los favoritos —pues éste quiere
ser siempre exclusivo y excluyente— Juan Pacheco, Beltrán de las Cuevas y
Miguel Lucas de Iranzo por conseguir las mayores prebendas del reino, dejando
páginas inimaginables de nuestra historia que bien podrían servir hoy de guía a
Santamaría y Cospedal. Pero, sin duda, el caso más hilarante es el de Juan de
Valenzuela, histriónico, bello y desvergonzado, que consigue el favor de
Enrique IV merced a su osadía —fueron célebres sus escándalos de travestismo
teniendo ya un alto rango— y agraciada figura. De origen humilde —su padre era
calderero en Córdoba y su madre recogía leña—, llega a la corte como criado del
maestre de Calatrava, divierte a Enrique IV y este le hace nada menos que prior
de la orden de San Juan de Jerusalén. Pero antes, el rey tuvo que cometer el
latrocinio de obligar a renunciar a su titular, Juan de Somoza.
Por su singularidad, así
como la participación en este episodio de Alonso de Fonseca, dejo aquí novelado
este episodio: