

Lógicamente, el discurso sobre la prostitución no se mantiene invariable a lo largo de los tiempos sino que se va modificando en función de diversas circunstancias, según sean las relaciones establecidas entre el poder, el sexo y la norma moral, civil o eclesiástica.En general, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, los tratadistas, ideólogos, teólogos, etc., coinciden en señalar que la prostitución, como hemos señalado, es un mal inevitable y necesario. La sociedad debe convivir con él, para evitar males mayores, había que tolerarla, asumirla e integrarla en las estructuras vigentes en cada momento histórico. Pero, al mismo tiempo, hay que controlarla y organizarla. Algunos incluso establecen una estrecha relación entre la permisión y regulación de la práctica de la prostitución y el establecimiento del matrimonio canónigo, indisoluble y monogámico. Para que éste se mantuviera dentro de las reglas establecidas, para que existieran mujeres que respondieran al modelo de castidad, para seguir manteniendo el pilar de la maternidad y la familia, tenía que contemplarse un contrapunto de este modelo, que sirviera, por otro lado, para dar salida a la expresión de una sexualidad que existía, pero no podía ser reconocida por la sociedad del momento. En este sentido se expresaban algunos teólogos de fines de la Edad Media como Langlois en su Vie Spirituelle, donde afirmaba que el pecado de la carne realizado fuera del matrimonio era más grave si se cometía con mujeres «comunes» que con mujeres completamente «libres». De esta manera la prostitución se convirtió en un “oficio”, que cumplía una función social, a pesar de que era una actividad que se consideraba vil e impura, pero contribuía al “bien común”.
Tan defensores fueron los religiosos de la teoría del mal menor, originaria en Tomás de Aquino, y de la necesidad de la existencia de prostíbulos, que existe un ejemplo en Granada digno de mención: Diego Fajardo, en recompensa con sus hazañas bélicas, recibe en 1486 de los reyes el privilegio de establecer mancebías en los pueblos conquistados. Establece una muy famosa en Granada, tras su conquista, que hereda su hijo Luis Fajardo. Su madre, muy devota, consigue de su hijo que le ceda el establecimiento y catequiza a varias rameras del lupanar, convirtiéndolo en un beaterío. Su hijo se arrepiente, se opone a tal transformación, y —dice textualmente la documentación— «unido a los Frailes Mercedarios trataron de extinguir el beaterío».
Es cierto que a partir del concilio de Trento la Iglesia cambió el discurso y fue más rigurosa con la prostitución, movimiento que llevó a Felipe IV a prohibir las mancebías. No obstante, el negocio siguió abundante en una clandestinidad tolerada con el apoyo abierto incluso de predicadores, como el Padre Zarza que consideraba a las prostitutas «útiles a la buena moral», aumentando como resultado final la prostitución en cuarteles y universidades. A pesar de las prohibiciones, la realidad de la Iglesia se instaló en una hipocresía social que, si bien dificultó el mantenimiento de ese proxenetismo oficial de antaño, amparaba un submundo de inmoralidad puesto de manifiesto en el informe secreto del obispo Pimentel, mandado hacer a su llegada a la diócesis de Córdoba en 1638, plagado, según publica José Cobos, de casos de barraganía, amancebamientos y toda clase de prácticas inmorales donde no faltaba el proxenetismo y la prostitución.
Con esto, obviamente, no queremos categorizar pues no olvidamos la positiva acción de la Iglesia en ese mundo de marginalidad, e incluso no ignoramos el más reciente magisterio, pero no deja de ser curioso que el grupo Vocento, aliado de la Cope o Radio María, mantenga esa fructífera vía de ingresos con los anuncios de prostitución. Lo dicho: es el pasado que siempre vuelve. ¿Salvaría el clero actual un informe secreto como el realizado por el obispo Pimentel en el siglo XVII? Ahí lo dejamos.
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