Sé, ciertamente, que la pregunta no es muy original; pero no puedo evitarla mientras disfruto hojeando la preciosa joya bibliográfica que tengo entre manos: El nuevo Atlas Universal abreviado o nuevo compendio de lo más curioso de la Geografía Universal, Política, y Histórica, según el presente estado del Mundo…, que Francisco Giustiniani publicó en 1755, como reedición y actualización del editado en 1739. Sentir bajo tus manos la piel momificada de su encuadernación, percibir ese aroma almizcleño, evanescente de siglos, cuando lo abres, oír su queja cuando pasas sus páginas…; todo es un placer para los sentidos la lectura de un libro antiguo. Te puede sorprender el nivel de conocimientos de aquella época, al igual que te provoca una sonrisa la ingenuidad de algunas observaciones, o te conduce al escepticismo en determinados terrenos, como cuando enfático pone en boca de Carlos V aquello de “para hablar con Dios hay que hacerlo en español”, o puede abocarte a la añoranza, como fue mi caso al leer la opinión que le merece nuestra región, hegemónica entonces: “La Andaluzía tenía en tiempo pasado el título de Reyno, es una de las más fértiles Provincias de España, se crece en ella bastante trigo, y una cantidad de excelentes frutos, y los más suaves azeites, los mejores vinos, y los más hermosos caballos del Reyno”, dice de entrada y antes de pormenorizar en la descripción de los distintos territorios de nuestra Comunidad, en los que incide en esa supremacía. Y no puedo impedir que me sienta como Santiago Zavala, el protagonista de la novela de Vargas Llosa, al contemplar la realidad actual, sumida aún en la postración —jodida, en expresión llosiana—, de la que no acabamos de salir. Porque no hacen falta muchos datos para avalar este aserto. Basta mirar sin pasión —amor, en la novela— hacia esa gran avenida que es Andalucía y veremos esos edificios sociales desiguales y descoloridos, los esqueletos infinitos de la cola del paro flotando en la neblina, y percibiremos ese mediodía gris de tanta desesperanza. Nuestro interrogante nace, pues, del desconcierto y el pesimismo que genera la incomprensión de nuestra realidad, cuando no hace tanto “fuimos los primeros en todo y a lo largo de la historia —como recientemente dijo mi profesor Cuenca Toribio— bajamos desde la pirámide hasta la base”.
jueves, 26 de mayo de 2016
¿En qué momento se había jodido Andalucía?
Sé, ciertamente, que la pregunta no es muy original; pero no puedo evitarla mientras disfruto hojeando la preciosa joya bibliográfica que tengo entre manos: El nuevo Atlas Universal abreviado o nuevo compendio de lo más curioso de la Geografía Universal, Política, y Histórica, según el presente estado del Mundo…, que Francisco Giustiniani publicó en 1755, como reedición y actualización del editado en 1739. Sentir bajo tus manos la piel momificada de su encuadernación, percibir ese aroma almizcleño, evanescente de siglos, cuando lo abres, oír su queja cuando pasas sus páginas…; todo es un placer para los sentidos la lectura de un libro antiguo. Te puede sorprender el nivel de conocimientos de aquella época, al igual que te provoca una sonrisa la ingenuidad de algunas observaciones, o te conduce al escepticismo en determinados terrenos, como cuando enfático pone en boca de Carlos V aquello de “para hablar con Dios hay que hacerlo en español”, o puede abocarte a la añoranza, como fue mi caso al leer la opinión que le merece nuestra región, hegemónica entonces: “La Andaluzía tenía en tiempo pasado el título de Reyno, es una de las más fértiles Provincias de España, se crece en ella bastante trigo, y una cantidad de excelentes frutos, y los más suaves azeites, los mejores vinos, y los más hermosos caballos del Reyno”, dice de entrada y antes de pormenorizar en la descripción de los distintos territorios de nuestra Comunidad, en los que incide en esa supremacía. Y no puedo impedir que me sienta como Santiago Zavala, el protagonista de la novela de Vargas Llosa, al contemplar la realidad actual, sumida aún en la postración —jodida, en expresión llosiana—, de la que no acabamos de salir. Porque no hacen falta muchos datos para avalar este aserto. Basta mirar sin pasión —amor, en la novela— hacia esa gran avenida que es Andalucía y veremos esos edificios sociales desiguales y descoloridos, los esqueletos infinitos de la cola del paro flotando en la neblina, y percibiremos ese mediodía gris de tanta desesperanza. Nuestro interrogante nace, pues, del desconcierto y el pesimismo que genera la incomprensión de nuestra realidad, cuando no hace tanto “fuimos los primeros en todo y a lo largo de la historia —como recientemente dijo mi profesor Cuenca Toribio— bajamos desde la pirámide hasta la base”.
martes, 3 de mayo de 2016
La Córdoba tolerante, o la revisión del mito
El tópico acerca del tema de las tres culturas y de la tolerancia sigue estando de permanente actualidad a pesar de su dimensión popular, adquirida hace ya un tiempo. Pero quizás no esté de más revisar el fenómeno de los tópicos porque —como decía Unamuno—, es la mejor manera de eludir su maleficio. De ahí que no venga mal, aunque sea tarde, el reciente congreso organizado por la Universidad de Córdoba bajo el tema “Córdoba, ciudad de encuentro y diálogo”, pues, aunque en principio nos pudiera parecer que el congreso refuerza la imagen icónica de la ciudad, sus resultados científicos tienden a poner la cosas en su sitio. Y me quejo de la tardanza porque, ciertamente, la comunidad científica, y especialmente la Universidad cordobesa, ha mirado con frecuencia para otro lado siempre que arreciaban los vientos apologistas de la cultura islámica en su tarea de mistificación de al-Andalus.
Los años 80 fueron fecundos en esta tarea constructora. Con motivo del XII Centenario de la Mezquita de Córdoba (1985-86) se proclamó hasta la saciedad el mensaje de la tolerancia de la Córdoba musulmana, convirtiéndose la ciudad —por esos méritos históricos que se le atribuyen— en símbolo indiscutible de entendimiento y diálogo interreligioso. Nadie le discutió el título, ni en las aulas ni en los medios de comunicación, y el mito fue creciendo de manera inconmensurable. Fiel exponente de esta corriente sería la celebración del Encuentro Internacional Abrahámico, en 1987, bajo los auspicios del Ayuntamiento comunista y dirigido por el filósofo francés Roger Garaudy, convertido al islamismo, quien proclamaba que Córdoba debía “volver a ser el punto de concentración permanente de las tres familias espirituales de tradición abrahámica: judía, cristiana y musulmana”. Y, en este contexto, no puedo dejar de evocar mi intervención de entonces como espontáneo, aunque fuera a la fuerza.
martes, 29 de marzo de 2016
La Izquierda, la Iglesia y la Corona, unidas en la ambigüedad sobre la Fiesta de los Toros
![]() |
| Corrida de Toros 1934. Oleo de Pablo Picasso (Col.Washington) |
Con el comienzo de la temporada taurina vuelve a renacer la controversia entre los taurinos y antitaurinos, sobre la conveniencia de prohibirlas o, por el contrario, apoyarlas. Y, en consecuencia, surgen de nuevo las manifestaciones de uno y otro signo en medio de una incomprensible confusión. Para algunos pudiera parecer que esto es propio de la modernidad, de la incongruencia o anacronismo de una fiesta con animales a estas alturas, bien entrados ya en el siglo XXI. Pero este fenómeno ha sido una constante en la historia, encontrándonos además en ella la paradoja de la unión en la ambigüedad sobre la Fiesta de los Toros a la Iglesia, la Izquierda ideológica y la misma monarquía española. Aunque hoy, quien más ruido y significación provoca en este tema son los partidos políticos denominados progresistas, como gráficamente recogió el País —nada sospechoso, por tanto— en su artículo del 31 de julio del pasado año, que tituló “La izquierda entra como un miura en la fiesta de los toros”, en referencia a la pretensión de “cortar la coleta a la tradición taurina” de los grupos de izquierda que se incorporaron a los municipios tras las últimas elecciones. Sin embargo, el mismo articulista, destaca la multitud de incoherencias ideológicas y ambigüedades de los partidos, según estén en una comunidad favorable a la fiesta o no, llegándose a preguntar por el motivo real de esta moda de la izquierda política.
Pero como digo, las diatribas y ambigüedades han perseguido a la fiesta desde sus propios inicios, pues ya en el siglo XIII —fue en la Edad Media donde se empieza a generalizar las fiestas con toros—, en las Partidas de Alfonso X se asoman ciertas limitaciones, especialmente para el clero al que se le prohibe su asistencia por no ser esos espectáculos acordes con su estado. Poco caso le hicieron los curas al rey Sabio, pues no hubo corrida en pueblos y ciudades sin la asistencia de los curas, prelados y hasta cabildos en pleno, como en Sevilla donde no empezaban las corridas de la mañana hasta que el Cabildo de la Catedral no terminaba el coro. Tendría que llegar la Bula "De Salute Gregis" de San Pío V, promulgada el 1 de noviembre de 1567, para que la cosa se pusiera un poco más seria, pues, entre otras cosas, decía que “Considerando Nos despacio lo muy opuesto de tales exhibiciones a la piedad y caridad cristianas, y deseando que estos espectáculos tan torpes y cruentos, más de demonios que de hombres, queden abolidos en los pueblos cristianos, prohibimos bajo pena de excomunión, "ipso facto incurrenda", a todos sus partícipes, cualquiera que sea su dignidad, lo mismo eclesiástica que laical, regia o imperial el que permitan estas fiestas de toros. Si alguno muriera en el coso, quede sin sepultura eclesiástica. También prohibimos a los clérigos, tanto seculares como regulares, bajo pena de excomunión, el que presencien tales espectáculos. Anulamos todas las obligaciones, juramentos y votos de correr toros, hechos en honor de los santos o de determinadas festividades…”.
La excomunión la levantaría su sucesor Gregorio XIII en 1575, con la bula Exponis nobis, pero dejando ésta exclusivamente para los clérigos que asistieran a las corridas de toros. Sixto V vuelve a poner en vigor la bula de Pío V, siendo Clemente VIII, en 1596, quien mediante la bula Suscepti numeris indulta de condenas y anatemas a los participantes de las corridas de toros. La rebeldía y la polémica, sin embargo, fue una constante entre teólogos y moralistas, destacándose en tiempos de Felipe II Fray Antonio de Córdoba, fiel defensor de los toros, como también la prestigiosa escuela salmanticense, lo que provoca que a finales del siglo XVII, Inocencio XI recordara las prohibiciones papales. Como reflejo de esta extravagancia, nos encontramos con la celebración de la canonización de Santo Tomás de Villanueva (1658) con varias corridas de toros cuando durante su vida (1486-1555) fue un furibundo detractor de las corridas, como nos cuenta Juan Manuel Albendea, quedando como baldón este truculento anatema: “…¿Quién tolerará esta bestial y diabólica usanza?… no sólo pecáis mortalmente, sino que sois homicidas y deudores delante de Dios en el día del juicio de tanta sangre violentamente vertida”.
domingo, 6 de marzo de 2016
Nuestros Refugiados. El drama de 1939
![]() |
| Soldados cruzando los Pirineos |
No cabe duda de que el tema de los refugiados es una dramática realidad cuya dimensión golpea tenaz e inexorablemente el muro de la cultura actual de la indiferencia. El solidario enunciado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 14.1, que proclama que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”, ha quedado en eso, en mero enunciado. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados, del 28 de julio de 1951, marcó un hito en la elaboración de las normas relativas al trato debido a los refugiados, definiendo los conceptos fundamentales del régimen de protección de los mismos, afrontando las consecuencias de la II Guerra Mundial en Europa, y expresando la firme voluntad de la comunidad mundial de velar por la persecución y la desolación de los años de guerra. Quedan muy lejos esos orígenes humanitarios y el problema de los refugiados ha ido creciendo de manera exponencial, alcanzando tal dimensión que supera la capacidad de los Estados para afrontar la situación. La mayoría de nosotros vemos, desde el confort de nuestro salón, las escenas de horror, de sufrimiento y de muerte de tantas personas —niños, jóvenes y ancianos— que huyen aterrados, dejándolo todo atrás en una lucha tenaz por la supervivencia, encontrando generalmente el rechazo y la hostilidad de los países que consideraban su tabla de salvación. Algunos, sin embargo, han reaccionado con gestos de heroísmo solidario, alistándose como voluntarios en aquellas fronteras donde el drama humano es dantesco. Otros, se deciden a colaborar en los movimientos de acción humanitaria que surgen por doquier. Pero la inmensa mayoría nos contentamos con horrorizarnos, para a continuación y rápidamente justificar con la impotencia esa molesta interpelación ética que la situación nos provoca.
La lejanía relaja siempre todo tipo de compromiso; pero en este caso nos olvidamos de que no está tan lejos el problema, pues las riberas del Mediterráneo casi se tocan por algunos lados y, sobre todo, se olvida o se desconoce que nosotros, los españoles, también padecimos la crueldad del éxodo masivo, de la fuga forzada en busca de refugio, tras la caída de Barcelona en el invierno de 1939. Por todo ello, en estos momentos en los que día a día nos asaltan las imágenes de esa lucha por la supervivencia, bien en las peligrosas travesías, bien en los inmundos campos fronterizos, recuerdo con viveza los relatos de mi suegro, Santiago Álvarez de Sotomayor Gámiz, que padeció aquella infausta desventura.
sábado, 6 de febrero de 2016
1468. El Carnaval de Fonseca y la reina Juana en Alaejos
Como
ya hiciera en Navidad, les hago partícipes de un pasaje de mi novela inédita La Salamandra Púrpura, en el que el
protagonista Alonso de Fonseca pasa el Carnaval de 1468 en su castillo de Alaejos,
donde tiene «custodiada» a la reina Juana de Portugal, esposa de Enrique IV.
Que Fonseca pasó ese año las fiestas de Carnaval con la reina en su castillo es
una realidad histórica, constatada documentalmente. El cómo las pasó ya
pertenece a la ficción literaria, aunque les advierto que no he forzado
demasiado la imaginación, dada la conocida «devoción» del arzobispo por la
reina y la frivolidad de ésta. Dice así:
«… los buenos oficios de Fonseca siguieron conquistando lealtades en nombre de ciudades y títulos; la palabra guerra comenzó a perder valor y en el seno de las Hermandades de las grandes ciudades rebrotó el fervor monárquico a favor del rey Enrique. Ante este panorama más halagüeño, el rey decidió pasar las fiestas de Carnaval, a celebrar entre el 28 de febrero y el 2 de marzo, en Guadalupe, mientras que Fonseca, obsesionado y aduciendo su responsabilidad como custodio, prefirió dar una vuelta de nuevo por Alaejos y comprobar por él mismo el estado de ánimo de la reina Juana.
Su obcecación por la reina era tan evidente que se convirtió en motivo de chanza entre los nobles, e incluso el propio rey hacía comentarios jocosos que sacaban de quicio a Fonseca: «¡jamás vi un carcelero con tanto ardor por vigilar a su presa!», le comentó entre risas al comunicarle que no le acompañaba a Guadalupe. Sus más leales colaboradores se atrevían a pedirle templanza, rebatiendo siempre Fonseca con crudeza sus bien intencionados comentarios. Alfonso de Herrera incluso le trasladó la crítica oída a unos aldeanos que no comprendían cómo un prelado corría tras las faldas de la reina, estando éste además de luto. «Por eso la alejé de Coca, que es donde está más presente el duelo por mi hermano», alegó inconsecuente; llegando a tonos mayores en las discusiones con Zenón. Un día, próximos ya a la cárcel fortaleza y a falta de justificaciones, Fonseca ponderaba su admiración por la belleza como la causa de muchas de sus incomprensibles actuaciones. Discurría con sofismas y sutilezas filosóficas acerca de su percepción de la belleza, inseparable del riesgo, cuando le interrumpió Zenón bruscamente:
—¡Acuérdese excelencia del mito de Ícaro!
—¡Últimamente has dejado de mirar a tus céfiros, y sólo recurres a los dioses paganos! ¡Sí, yo también he leído a Ovidio y te digo que Ícaro fue un inconsciente, al no darse cuenta que el sol derretía la cera con la que iban unidas las plumas de sus alas! ¡¿Qué tiene que ver eso conmigo, maldito brujo?!
—Sólo le digo, excelencia, que el muchacho cretense pagó con su muerte la osadía de querer acercarse al sol, y son muchos los hombres que en su afán de hacer suya la belleza inalcanzable repiten su amargo destino.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





